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Los 5 desiertos que no puedes dejar de visitar »

Viajar a un desierto es enfrentarse a un paisaje que, de entrada, parece hostil, pero que en realidad funciona como un reset absoluto para la cabeza. No hay rascacielos, casi no hay ruido y el horizonte se extiende tanto que cuesta encontrar un punto donde apoyar la mirada. El 2026 llega con más opciones de tours, vuelos y combinaciones que hacen que estos destinos sean más accesibles que nunca, incluso para quien no se considera “viajero extremo”.

Desde América hasta África y Asia, los desiertos se pueden vivir en clave aventura, contemplación o lujo sencillo de cielo estrellado y té caliente. Esta selección reúne cinco desiertos que cambian la vara de lo que entendemos por paisaje y que, una vez visitados, se quedan clavados en la memoria visual para siempre.

1. Desierto de Atacama, Chile

El Atacama es el desierto que rompe todas las ideas preconcebidas: es uno de los lugares más secos del planeta, pero está lleno de vida en forma de géiseres, lagunas altiplánicas y pueblos que resisten desde hace siglos. Desde San Pedro de Atacama, la base más clásica, se pueden encadenar días de salares blancos, aguas termales y valles que parecen sacados de una película de ciencia ficción, como el Valle de la Luna.

Cuando cae la noche, el paisaje cambia de registro pero mantiene la intensidad: sus cielos despejados lo convirtieron en referencia mundial para la astronomía y el viajero común puede vivirlo con observatorios turísticos o simplemente recostado en el desierto mirando la Vía Láctea. Es un destino ideal para combinar con el norte argentino o Bolivia, armando un viaje de contrastes entre montaña, salares y desierto puro.

2. Sahara, Marruecos

El Sahara es el desierto icónico, el que todos dibujamos de memoria: dunas onduladas, camellos, jaimas y atardeceres naranjas que parecen editados. Marruecos ofrece varias puertas de entrada, pero las más populares son las zonas de Merzouga y Erg Chebbi, donde se concentran las experiencias de caravanas, noches en campamentos bereberes y amaneceres en lo alto de una duna.

Más allá de la postal, el viaje al Sahara suma el choque cultural de los pueblos del sur marroquí, con mercados polvorientos, kasbahs y carreteras que parecen perderse en la nada. Es una experiencia que se puede vivir con diferentes niveles de confort: desde campamentos sencillos y auténticos hasta opciones glamping con camas cómodas, baños privados y cenas bajo mil estrellas.

3. Wadi Rum, Jordania

Wadi Rum, en Jordania, es un desierto de roca y arena que muchos conocen primero por el cine: sus paisajes se usaron para representar Marte en varias películas. Los cañones de arenisca, los arcos de piedra y las mesetas rojizas crean un escenario que parece otro planeta, donde las sombras se alargan y cambian de color a lo largo del día.

La mejor forma de vivirlo es quedándose al menos una noche en un campamento beduino, combinando recorridos en 4×4, caminatas suaves y, si hay ganas, algo de escalada o sandboard. De noche, cuando se apagan las luces del campamento, el silencio y el cielo estrellado completan la sensación de estar muy lejos de cualquier ciudad, aunque en realidad se esté a pocas horas de Petra y del Mar Muerto.

4. Desierto de Namib, Namibia

El Namib es uno de los desiertos más antiguos del mundo y se nota en sus formas: dunas gigantes de arena rojiza que caen hacia el Atlántico, árboles secos que parecen esculturas y valles blancos que parecen pintados. Zonas como Sossusvlei y Deadvlei se han ganado fama global por esa combinación de colores extremos: naranja intenso de las dunas, blanco del suelo agrietado y azul limpio del cielo.

Además del impacto visual, el Namib invita a entender cómo puede existir vida en un entorno tan duro, con fauna adaptada al clima extremo y plantas que sobreviven casi sin agua. La experiencia suele incluir alojamientos en lodges aislados, vuelos escénicos en avioneta y recorridos en 4×4 por dunas que parecen no terminar nunca, ideal para quien busca algo remoto pero con cierto nivel de confort.

5. Desiertos del suroeste de Estados Unidos

El suroeste de Estados Unidos no es un solo desierto, sino un mosaico de paisajes áridos que se encadenan entre Arizona, Utah, Nevada y California. Allí aparecen nombres que suenan a roadtrip cinematográfico: el Valle de la Muerte, el desierto de Mojave, el desierto de Sonora con sus cactus gigantes, y zonas como Monument Valley o el propio Gran Cañón.

La gracia de esta región es que se puede recorrer en auto, conectando parques nacionales, miradores y pueblos pequeños en una misma ruta. Es perfecta para quien quiere un viaje más independiente, con la libertad de detenerse en carreteras interminables, dormir en moteles de ruta y mezclar caminatas cortas con experiencias tan simples como mirar cómo cae el sol sobre un mar de piedras y arena.

Razla Sharon

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